Alzó la vista entrecerrando los ojos, el sol estaba ya muy alto aunque el día acabara de empezar para él.
Ya no quedaba ni rastro de la brisa fresca que seguramente al despuntar el sol le habría obligado a abrigarse para caminar. La naturaleza muerta que le rodeaba parecía no poder reaccionar ante los rayos del sol invernal, quizás prefería esperar a que llegara la primavera y así asegurarse una ración de sol más generosa. Él, al contrario que la naturaleza, no tenía tiempo que perder. Había dormido mucho más de la cuenta, le iba a costar llegar a dónde quería antes de que desapareciera el sol.
Recogió el saco de dormir aun tibio con el calor que habían compartido durante tantas (demasiadas) horas. Se lavó la cara con el agua justa para no poner en peligro la ración diaria que podría necesitar en caso de no poderse parar a reponer sus maltrechas existencias.
Se puso a caminar, si iba lo suficientemente rápido y no se equivocaba de camino podría alcanzarla. Esa idea lo azuzó para comenzar con fuerza el largo caminar que le esperaba. Esta vez no iba a fallar.
Concentrado fue minuciosamente repasando todos los datos que tenía para llegar a su destino, no podía esta vez perder tiempo en aventurarse por si encontraba un atajo.
El camino era sencillo, subir al monte Abantos, internarse por sus pinares y llegar hasta la cuerda, avanzar dejando Cuelgamuros a su derecha y llegar al Puerto de los Leones. La clave estaba ahí, en conseguir rodear Cuelgamuros sin ser visto. Para ello había que intentar rodearlo por la izquierda sin perder mucha altura pero sin ir por la cuerda. Era el camino más directo pero más peligroso.
Confió en estar acertando esta vez.
Llegó a la cumbre al cabo de un par de horas. El ascenso lo había hecho en casi la mitad del tiempo que le habían dicho pero estaba más cansado de lo debido. Paró un instante a comer una manzana y beber un sorbo de agua. Desde allí no se distinguía aun el camino que debía transcurir por debajo de la cuerda, aunque si vio tres posibles caminos que parecían encaminarse a distintas alturas hacia ese punto. Optó por coger el más alto, en caso de equivocarse penso que ya encontraría un forma de bajar.
El puerto de los Leones no era una zona muy transitada pero era una ruta indispensable en invierno cuando se quería pasar hacia el norte sin ser visto.
Por fin vio a lo lejos la curvatura de Cuelgamuros. Parecía surgir un camino al lado izquierdo que podría llevarle hasta el otro lado. Alentado por esta cirscunstancia y pensando que esta vez todo estaba hecho se encaminó con paso seguro y decidido.
Al cabo de dos horas ya veia el Puerto de los Leones. Ni rastro de ser humano. El sol hacía tiempo que había perdido fuerza y se ocultaba perezosamente al otro extremo del valle.
Todo transcurrió en un instante. Con el rabillo del ojo vio el brillo de algo bajando hacia el camino y antes de que se pudiera dar cuenta la emboscada estaba resuelta.
Primero pensó en plantar cara pero un vistazo a su alrededor le hizo comprender que no tenía nada que hacer. Dos guardias civiles, con el inconfundible uniforme verde caqui se habían puesto en la retaguardia, avanzaban hacia él por su espalda tranquilos, midiendo su posible reacción. Delante en el camino habían aparecido otros dos guardias más y a su altura sobre un montículo de rocas a cinco metros de él estaba el guardia al que había visto por el rabillo del ojo, éste ya estaba con el arma reglamentaria desenfundada.
La rendición tampoco podía ser una opción, las instrucciones de los guardias serían las de matarlo si no encontraban los documentos. Y, afortunadamente pensó ahora, él no lo tenía. Ellos tampoco, porque sino no le habrían tendido la emboscada. Eso sólo podía significar que ella había conseguido llegar.
Con ese esperanzador pensamiento tomó la decisión. Se encomendó, como siempre que tenía dificultades desde que siendo joven le vio morir en un paredón fusilado, y se dispuso a morir.
Los guardias civiles entendieron el gesto y se pararon expectantes.
La esperanza ya no estaba en sus manos. En realidad nunca había existido mucha, pero hacía tiempo que no estaba en sus manos.
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